Manuel Frutos Llamazares, “Las Meninas”

Manuel Frutos Llamazares nace en León en el año 1935, y ya desde muy temprana edad muestra aptitudes para el dibujo y la pintura, aptitudes que su madre fomenta animando al entonces jovencísimo artista a recibir lecciones del pintor local Demetrio Monteserín, en el entonces Hostal San Marcos.

Durante su etapa de estudiante, desde los años de bachillerato hasta su ingreso en la Escuela de Ingeniería (1954), la pintura de Llamazares se centra en el figurativismo y en el paisaje; pinta el rostro de sus paisanos y de su tierra.

En el año 1961 comienza los estudios de Bellas Artes. Es entonces cuando sus cuadros incorporan formas orgánicas presentadas a través de una visión abstracta, formas orgánicas que aparecen como alternativa a las orientaciones estilísticasdominantes. En ello tuvo una influencia muy importante el estudio de la obra de Velázquez, que el artista realizaba en continuas visitas al Museo del Prado; laobservación, en particular, de “Las Meninas”, de las calidades incorporadas enlas mangas de los vestidos que, tomadas aisladamente, nos llevan al mundo de la abstracción que deviene eventualmente en algo orgánico.

 Al tiempo que cursa la carrera de Bellas Artes, Llamazares realiza sus primeros
viajes al extranjero, viajes que serán determinantes en su formación, tanto personal como artística. Italia, París o Venecia, a cuya Bienal es invitado y donde descubre los blancos, los verdes, el colorido, en contraposición a su pintura, más cercana a los grises decimonónicos; y sobre todo será su viaje a Egipto, en el año 1965, el que marcará con más intensidad su forma de entender la actividad creadora. En el país del Nilo queda impresionado por las estatuas sedentes de Rahoteb y de Nofret (IV Dinastía) y descubre los grandes paneles de figuras bajo relieve (“relieves rehundidos”) en los que la luz crea las sombras y éstas el dibujo. Al regreso de estos viajes, Llamazares se encuentra en un momento de reflexión y de duda: sabe que no ha encontrado el camino en su pintura y no tiene claro cúal debe ser la dirección a seguir.

En el año 1969 Manuel Frutos Llamazares obtiene la Cátedra de Dibujo. Con ello logra independencia económica y un nuevo destino laboral, las Islas Canarias, en las que fija su residencia abandonando Madrid. Las Palmas se convierte, pues, en destino voluntario alejado del frío de la capital de España.

Son los años setenta. En Gran Canaria Llamazares conoce los bordados de aquella tierra elaborados en tela de lino duro y conoce, sobre todo, la obra del pintor Manolo Millares. Un cuadro del artista grancanario llama poderosamente su atención: el bastidor está a la vista y puede verse la pared , quedando las arpilleras en la parte inferior. El espectador tiene la sensación de poder entrar en el cuadro, de poder hacerlo físicamente; y Llamazares siente tal visualización como una liberación.

En su estancia en las Islas el artista pasa también por difíciles momentos en lo personal. Surge entonces una obra llena de formas desgarradas en la que la pintura es para el artista una terapia.

En el período 1976-1980, años en los que residió en Cataluña, en los cuadros de Llamazares va apareciendo cada vez más tela. Emerge entonces su formación técnica; afloran la geometría, el equilibrio, la composición. La tela es lino crudo. Es el “constructivismo geométrico”; la materia, la norma como reflexión de las formas creadas por la naturaleza o por el hombre.

El año 1981 verá un nuevo traslado de la familia Frutos Llamazares, en esta ocasión a la Costa Mediterránea, al Mar Menor, a la localidad de Torre Pacheco, en la que será ya la residencia definitiva del pintor. La etapa que transcurre desde aquel año hasta 1988 contempla diferentes formas de abordar la obra: primero surgirá el color (blanco, negro y algunos ocres); luego abandona el color y trabaja con “blancos puros”. En estos cuadros es importante el juego de luces y sombras. Ya no se trata de “entrar” en el cuadro. Se trata de “salir” de él. La obra se estructura con formas geométricas (“formas emergentes”)que nacen de aquélla; pero más adelante el pintor renuncia a ese camino para retomar las formas geométricas “planas”, un retorno “dentro” del cuadro. Desde esas “formas planas” la obra evoluciona hacia una dinámica de finísimas líneas y entramados superando la división entre pintura y escultura, es decir, entre el objeto bi y tridimensional. Nuestro autor concibe la posibilidad de crear planos de volumen en varias capas e incorporar un nuevo elemento: la luz. La proyección asimétrica de sus estructuras forradas en tela de lino consigue crear, de forma abstracta, la ilusión del volumen. Sobre esas estructuras se sustentan diferentes temáticas (cráneos de animales, personajes de su entorno…) planteándose así la posibilidad de trabajar el “figurativismo”. En esta última línea ven la luz la “Cabeza de niño llorando”, el “Retrato de Pili”, el “Retrato de Mamá”, su “Autoretrato” y la serie “Cabezas de Toro”.

Llamazares se da cuenta entonces de que con la mencionada técnica puede hacerse figurativismo, por lo que a partir de este momento abandona el constructivismo y todos sus cuadros responden a una temática figurativa.

A principios de la década de los noventa el artista leonés incorpora a su taller cuadros de corte “realista”. En esta línea destaca su serie “Basuras” (con los desechos de la reforma de su casa compone el primer cuadro de esta serie). Se trata de lienzos muy estructurados en lo que a la composición se refiere. Así, en la “Basura intelectual”, cerca de dos mil revistas se amontonan en estructura “X”; en la obra “Los Bidones”, la estructura es rectangular. Son años en los que, además, Llamazares realiza obra sobre papel, pintura al óleo conocida como los “Arquetipos” y que son para el artista un escape respecto a su obra más intelectualizada. Son obras, en definitiva, que se mueven entre la plasmación de la realidad desde la observación del natural y el expresionismo plástico de la misma realidad que el autor trata de mostrar.

En el año 2002 Manuel Frutos Llamazares es invitado a participar en la Exposición sobre versiones de las “Meninas” promovida por “Together in the World”, la Fundación Telefónica y la Caja General de Ahorros de Granada. El encuentro con las “Meninas” no es casual. La fascinación es mutua; y antigua. La obra maestra de Velázquez, un cuadro siempre vivo, inspira a Llamazares numerosas formas de aproximación, y siempre, y sobre todo, tratando de aportar un nuevo elemento: el volumen. Convertir en escultura el cuadro más famoso de la Historia del Arte. Con su serie “Las Meninas” trata de llevar a cabo una revisión entre lo viejo y lo nuevo, la búsqueda del lenguaje entre la obra y el espectador, entre el referente cultural y el individuo actual; y todo ello poniendo en uso sus tres elementos fundamentales: la fragmentación del espacio, la luz y el volumen. A ella incorpora el color, y tomando como referente los matices de tono de la obra original, logra descomponer los tonos tierras, ocre, marrón.

 Y hasta el último día de su vida Llamazares ha seguido trabajando en su estudio de Torre Pacheco de manera incansable y siempre en la búsqueda de la belleza y de la profundización de sus conceptos artísticos.

Tres de estas obras se pueden disfrutar en el nuevo Espacio Cultural,  Espacio Pático en la c/ San Lorenzo, 5 de Murcia,  hasta finales de octubre.

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