EL ESPACIO MÁS TRANSPARENTE

¿En el principio fue el verbo?

En el principio fue un movimiento.

Un movimiento… y su sonido.

 

Si giráramos el concepto espacio ocultando su sentido convencional afirmaríamos, recordando a Aristóteles, que no es el espacio lo que alberga la materia: es la existencia de la materia lo que crea el espacio o, mejor dicho, nos crea el espacio, propicia nuestra percepción del mismo. ¿Habría espacio sin materia? Mientras pueda formularse esta pregunta no sabremos la respuesta que nunca obtendríamos.

Desde hace más de 2.500 años y bajo diferentes luces se viene celebrando la danza interminable de los opuestos: espacio o materia, vacío o lleno, quietud o movimiento, ser o no ser. De la innata asunción del espacio físico surgieron y seguirán surgiendo estas cuestiones y sus complejas, numerosísimas interpretaciones… pero más allá o más acá de esta tradición también sabemos que en toda consciencia coexiste otro espacio, un espacio no físico y paradójico en su esencia temporal, instantánea: destruyéndose al tiempo que se construye, el espacio más transparente resulta efímero mas eterno.

Quizá debido a su intangibilidad, quizá debido a la preeminencia del ojo humano sobre el resto de sentidos o potencias, habitamos ese espacio intocado apercibidos de las palabras que narran el espacio físico: altura, volumen, extensión, color… y esta suerte de sinestesia nos explica ese suceso cotidiano y misterioso, ese continuum inabordable.

El cristal transformándose en añicos. El goteo regular y la irregular caída de la lluvia. El fósforo arrastrado contra la rugosidad. Su prendimiento. Un perro rascándose. El melisma que nos emociona o nos adormece. Un bostezo. Los motores de un avión en tierra o en vuelo. Un acorde de Couperin templando el aire. Las monedas tintineando en el bolsillo del caminante. Un bosque respirando. Un bosque en llamas. Las llamas, siempre. Nuestras yemas percutiendo cualquier superficie. Las pisadas reconocibles y las que nos hacen volver la cabeza. Toda algarabía, todo susurro. El agua en movimiento. El aceite que hierve. Las bisagras abriéndose, cerrándose. El viento en su andadura. Cualquier vibración. Cualquier fricción: el beso, sus variaciones. Un seísmo, sus consecuencias. El insulto y la palabra amiga. La risa, el croar, el gruñido, la cuerda contra el arco, un aullido. Esos falsos cherokees cayendo de sus caballos bajo las órdenes de John Ford. Un Kaláshnikov haciendo de las suyas en el Congo, Irak, Siria o Chechenia. Y la chirimía arrojando sus trazas. Y todos los llantos del mundo y todo lo que nuestros oídos supieron y todo lo que seguirán sabiendo…

No vemos todo eso que vivimos, pero va sucediendo, acontece fuera de nosotros, y habitamos ese espacio gracias a nuestra percepción sonora… si bien no siempre es así; cuando ese mismo espacio existe sólo en nuestra imaginación nos revela, entonces, su vis más privada: ella, conllevando la labor de la memoria, nos reproduce, piel adentro, cada uno de esos instantes: todo lo que nuestros oídos supieron y todo lo que seguirán sabiendo.

En distinta experiencia, la imaginación, a solas, ya sin la ayuda de la memoria, acatará las órdenes que desde fuera, por inducción, recibe; entonces oiremos la voz del capitán Ahab desafiando al mar y al monstruo blanco, o escucharemos el ruido sofocado que Tiberio exhaló al morir, asfixiado entre dos colchones bajo las manos de Macrón, según nos narra cierta página de un extraño libro… o viviremos sonoramente la discusión que alguien mantuvo horas antes y que ahora nos relata. Cuando la no experiencia deviene experiencia por mor de la imaginación que relaciona, imita y crea también habitamos ese espacio no físico.

Y ya sin la asistencia de lo vivido, de la memoria, o del reflejo inductivo, de nuestra imaginación sonora puede surgir su más misteriosa creación, y que ve la luz, paradoja, desde nuestra ignorancia y nuestra curiosidad: nuestra capacidad de abstracción nos conducirá, entonces, a imaginar el sonido que produciría el roce de dos granos de arena, o cómo sonaría un cascabel de bronce dentro del mismo cascabel, o qué oiríamos si un duende abisal tañera mil campanas bajo las aguas de un mar en calma…

Nunca conoceremos el sonido de un trigonon original, pero la imaginación abstraída nos ofrecerá la ilusión de reconstruir ese instante ya perdido. La ilusión sonora vencerá entonces esa imposibilidad y nos conducirá, también, a nuestro espacio más íntimo: el espacio sonoro, el espacio más transparente.

 

 

TEXTO E IMÁGENES POR CARLOS G.

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