MuelleUno

Hablo del recorrido a lo largo del muelle (el MuelleUno malagueño). La última franja de piedra es una senda limítrofe: un paso más allá el secretismo del agua dando cabezadas inútiles, embistiendo reincidente el muro indesplazable, al otro lado la ciudad arrogante y contemplativa.
Antiguamente también había el filo de un muelle, y una figura caminante a lo largo de él: un niño cargado con un cubo con olor a gusana y una caña confeccionada con el tallo de una rama de palmera (aún lo veo caminar, sólo o acompañado de su pandilla, plasmación indeleble en mi memoria de este recorrido, pase el tiempo que pase). Los presentidos ojos que siempre nos espían desde el agua reconocerían entre las turbias ondulaciones el esbozo de un pescador aficionado, detrás el faro, el perfil escalonado de los edificios y el descenso dócil y semioculto de la montaña.

Era un muelle-fronterizo, accesible solo para intrépidos infantes, imitadores de quienes, más aguerridos y peludos, desde allí saltaban a las rocas empotradas al espigón por la espalda o a la plataforma de hormigón musgosa a ras de agua del interior. Las toscas cañas periscópicas tentaban al pez indeciso, la ciudad excluida de este trato, distante como un gigante recostado, lánguido y perezoso, que reaccionaba con un bostezo o un imperceptible sobresalto según la boya la succionara el agua a consecuencia del merodear por aquel fondo borroso de unos proyectiles ambulantes. Con suerte izaban una Parablennius tentacularis, la famosa vieja.
Más tarde el muelle se robusteció y el contorno se ensanchó hasta las inmediaciones de una verja que contenía la pujanza de las arterias viales. A lo alto, la montaña se despejaba de edificios que estorbaban su ambición de postal, vespertina o nocturna, con lucecitas esparcidas por sus lomas, decorando el serpenteo de la alcazaba, el faro asestándole blanquecinos tajos. Los buques mercantes africanos atracaban después de una maniobra cuidadosa, el casco desplazándose lento de costado, las amarras brincando desde la borda para lazar los norays, la turbulencia de las hélices batiendo la porquería de la superficie, espantando a las indigentes lisas, tan apetecibles a aquel niño de la caña que ya empezaba a ser un espectro afable de la memoria. Los camiones salían remolcando los contenedores, batallando con la chapa metálica de la compuerta convertida en puente; y por lo bajo, entre los ejes, de cuando en cuando, las linternas policiales descubriendo una sombra agazapada, negruzca, desdibujada, que era reintegrada al buque, la ciudad ignorante, vagamente preocupada por la prohibición de la pesca con caña y la inmigración clandestina.


Hoy el filo limítrofe del muelle acomoda lanchas recreativas hasta el comienzo del ensanche y alargue del espigón donde ha sido instalada la Estación Marítima para recibir a los magnos trasatlánticos circunnavegantes del globo. El niño con la caña confeccionada con el tallo de una rama de palmera prosigue espectral su recorrido en pos de un lugar donde apostarse, lo tiene complicado pero persiste, no ceja, a cada tanto se asoma a inspeccionar el agua. Como a cualquier espectro digno no le inmuta la abigarrada hilera de restaurantes-chiringuitos inaugurada hace pocos meses ni la gente que se agolpa en las mesas desmenuzando pescado de todas clases sobre platos de porcelana.

Al azar la vista sigue sin ver los comercios acristalados, las rampas y escaleras hacia los parques infantiles y aparatos de gimnasia seniles, la ciudad desentumecida y congestionada de automóviles, la montaña definitivamente despejada de impurezas, reclamo plasmado en las postales. Le importa encontrar un sitio idóneo, una roca, una plataforma de hormigón o sencillamente el borde mismo del muelle, donde sentarse con sus cortas piernas colgando hacia el agua y la caña ávida de explorar
durante horas el fondo para, con suerte, llevarse un par de viejas al cubo.

 

Texto: José Carlos Giménez Sánchez

Comparte!


Deja un comentario